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La
nieve en París
Por
Ricardo E. Brizuela
Recuerdo un fin de año
caluroso de Buenos Aires, allá por el año
1979.
Eran mas o menos las nueve
de la noche y recibí un llamado en mi departamento
de la calle Demaria del Barrio de Palermo. La voz tenía
un típico acento del litoral de Argentina pero
no pude, en principio, captar de quien se trataba. Se
generó este diálogo.
- Soy Carlos, negro...
- escuché
- Qué Carlos ?
- Carlos Piccoli, ya no
te acordás, varón?
Quedé de una pieza.
Ahora sí sabía de quien se trataba.
Era Carlos Píccoli,
un joven dirigente de las Ligas Agrarias del Chaco que
había trascendido con un desaire soberano al ex
presidente de facto general Agustín Lanusse al
rechazar su saludo en una concentración de agricultores,
en l972.
Píccoli formaba
parte de las Juventudes de UCAL, una entidad cooperativista
esta última, de algodoneros del Chaco. También
estaba vinculado con la Iglesia, que prohijaba un movimiento
campesino católico encabezado por un tal monseñor
Italo Severino D´Istéfano.o Destefano, que
luego se vió en figurillas para tratar de desarmar
su engendro presionado por los militares.
- Estoy acá, en
Buenos Aires y quiero que nos encontremo ahora, me apremió
Piccoli.
Carlos había desaparecido
misteriosamente hacía un tiempo. Nadie sabía
nada de él. Se especulaba que el gobierno militar
lo había apresado o estaba muerto.
Era un miembro del ala
mas dura de las Ligas Agrarias, que comandaba el Quique
Lovey, también por ese entonces fuera de circulación.
- Venite entonces - le
dije.
Muy pocos minutos después
- luego de los abrazos - estábamo sentados en el
estudio de mi departamento.
- Creí que estabas
muerto - le dije sin rodeos.
- No sabés como
nieva en París... - me contestó guiñándome
un ojo - Acabo de volver de allá. Los muchachos
de la Orga me enviaron para hacer unos trabajos.
Reía alegre, mientras
hablaba con su simpatía característica y
sus frases mechadas de modismos litoraleños, sacudiendo
su cabeza de pelo rubio, levantándose de donde
estaba sentado midiendo la habitación con largas
zancadas.
La Orga eran los Monteneros.
Había realizado un movimiento táctico sacando
gente comprometida en plena represión del autollamado
Proceso Militar. En ese entonces ya estaban acabados como
fuerza combatiente.
Sin embargo, iluminados
como sus opositores los militares genocidas, intentaron
un golpe de efecto repatriando a sus cuadros mas combativos,
mas ingenuos e idealistas.
Carlos era uno de ellos.
Lo que hablamos en esa
oportunidad voy a reservarlo como material de otra nota.
Carlos me mostró entre carcajadas divertidas su
pasaparte y su cédula falsa, ya no recuerdo a nombre
de quien, explicó que - como él - eran muchos
los que estaban de vuelta y se entusiasmó con una
embestida final que voltearía a los milicos genocidas.
Me pidió y le dí
los contactos de gente que conocíamos, y que estaban
vinculados todavía con el Chaco (abogados, ingenieros,
técnicos, gente de medio pelo, muchos de ellos
ligados a los servicios de informaciones, lo sabíamos
y se lo advertí) y sus organizaciones cooperativas
en Buenos Aires, y nos despedimos.
No supe mas nada de él
y tampoco me preocupé por el tema, inmerso como
estaba en mis propios problemas con la quiebra de mis
empresas de comunicación - Diario Crisol, agencia
de publicidad, estudio de grabación - a la que
me empujó el gobierno militar del Chaco y el Banco
de la Provincia.
Tiempo después recibí
la noticia: Carlos murió ametrallado, mientras
se desplazaba en una bicicleta por una huella del campo.
La cúpula montonera
estaba a salvo, sin embargo, en un santuario protegido.
Consevaba en su poder cientos de millones de dólares
puestos a buen recaudo a través de una red de financistas
y gobiernos amigos.
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